Hace tanto tiempo que las fotografías conviven con nosotros que parece que siempre han estado ahí. Es normal: hay niños y adolescentes que se sorprenden de que en algún momento no existieran las redes sociales, al igual que los de mi generación “alucinábamos” imaginando mundos pasados sin televisores. Aunque hoy en día una foto en papel sea algo prehistórico, al lado de lo que debió ser para la gente de 1839 la presentación del Daguerrotipo, las presentaciones de los smartphones, iphones, y todos los phones que me pongan, se quedan como un espectáculo aburrido, la presentacion del teléfono de ruleta colorao.

Al principio no eran muchos los que podían permitirse un retrato. Por eso -y por su fragilidad- hay pocos daguerrotipos y en ellos suele salir gente rimbombante y de postín. Pero a medida que los fotógrafos se esforzaban por hacer todo más fácil, más gente se animaba. El culmen debió ser la invención de la tarjeta de visita en 1854 por un tal Disderi. Una pequeña tarjeta de 6×9, más o menos, con tu retrato de medio o cuerpo entero del que se entregaba un buen puñado de copias para regalar a familiares y amigos. Como si de cromos de futbolistas se tratase, unos y otros los intercambiaban e incluso había colecciones de retratos de celebridades.

Acabo de terminarme un librito llamado “La Sociedad de 1850” de Antonio Flores, un autor que escribía en la prensa de la época analizando con humor aquella sociedad que abandonaba definitivamente el Antiguo Régimen para adentrarse de lleno en la Edad Contemporánea. Y me ha divertido mucho el capítulo “Retratos en Tarjeta” en el que describe el furor por estas tarjetas de visita, que llegaron a España hacia 1860. Empieza diciendo que a Daguerre habría que levantarle monumentos para luego describir el ambiente en el estudio del fotógrafo, lleno de gente que quiere dejar su retrato a la posteridad y las actitudes de los que se van poniendo delante de la cámara, posando con decorados que los convierten en personajes elegantes,interesantes, sabios, heróicos. Seguramente la descripción de los decorados, indumentarias y poses de los retratados, son una exageración de Flores -las tarjetas que se conservan muestran poses y atuendos más austeros- pero seguramente expresan lo que el pensaba que se escondía detrás de todo: la vanidad, el querer ser lo que no se es, el deseo de pasar a la posteridad, mostrándonos así que son cosas que existen desde siempre. El Daguerrotipo o el Instagram son solo herramientas para intentar conseguirlo.

Con “La Sociedad de 1850” he asistido a una sesión de tarjetas de visita pero también he visitado el interior de una casa madrileña, he escuchado una conversación de niños pijos de la época, he viajado en Omnibus a una ejecución (ugh, si, les divertían esas cosas, hay que saberlo y aceptarlo) Cuándo combinas eso con la visualizacion de fotografías, cuadros, películas, lectura de prensa histórica, novelas costumbristas, visualización de mapas antiguos, etc, el resultado es que se va dibujando una imagen 3D cada vez más colorida y llena de matices del universo de cada época. A partir de ese momento podemos ponernos delante de nuestros antepasados, saludarles como se saludaban ellos, hablar su idioma y empatizar con su forma de ver la vida. Y entonces, uan vez ganada su confianza, es más fácil que confiesen todo lo que tienen que confesar.

Hacer genealogía puede ser una labor mecánica y rutinaria como un sudoku o puede convertirse en una aventura emocionante que te haga sentir como un agente del Ministerio del Tiempo dándose una vuelta en el anacronópete. Por eso recomiendo no limitarse al documento de archivo, ni mucho menos a la partida sacramental, por mucho que por si mismas a veces ya nos ofrezcan historias y detalles suculentos. Y no tenemos excusa, porque la red esta llena de información y de documentos digitalizados, como obras textuales de todo tipo y de acceso gratuito en Google Books, prensa histórica (Ministerio de Cultura y BNE) imágenes y todo tipo de documentos en repositorios tipo Europeana o en las bibliotecas virtuales de distintas comunidades autónomas.

Para acabar, volvamos al artículo de Antonio Flores y para que no digais que no nos lo advirtieron:

“Y el que no tiene amigos, como no puede prescindir de tener álbum de retratos, compra los que quiere, o los que puede, porque ya nos venden a todos en pública almoneda (…) Nadie se escapa de ser retratado y de ser vendido”

Pos eso, Instagram.