Llauters en Mequinenza

La información que nos dan los libros parroquiales traspasa en muchas ocasiones la mera sucesion de fechas y nombres. Muy de vez en cuando, y normalmente coincidiendo con algun hecho dramático, el párroco nos cuenta algo más de sus feligreses, de las circunstancias de su nacimiento, boda o muerte e incluso de los hechos históricos, las formas de vida o las maneras de expresarse que tenían aquellas gentes. De esta manera, los libros parroquiales se convierten en una fuente más de estudio del pasado aunque aunque a veces simplemente se limiten a lanzar pequeños anzuelos que nos llevan a indagar más a fondo sobre que ocurría más allá de la pila bautismal, el altar y el lecho de muerte.

Que se lo digan a mi primo lejano Miguel Fuertes Bona, que de las partidas parroquiales ha sacado muchos datos para ilustrar la vida de los molineros de la Ribera Alta del Ebro. El pasado viernes estuve en la presentación de su libro “Utebo en el siglo XVII” y nos contó algunas más de esas pequeñas historias que dan vida y color a la narración histórica y que han llegado hasta nosotros gracias a la pluma de un párroco.

En mi caso, en una semana loca en la que he tenido que investigar contra las restricciones impuestas por la pandemia, he encontrado varios sucesos curiosos ensartados entre las fórmulas típicas y tópicas de las actas de Sástago. De ellas he decidido destacar hoy la triste muerte de un joven peón de barco en 1853.

Ya hablé sobre barqueros y navegación en el Ebro la version 1.0 de este blog cuando conté la profesión de mis antepasados de Escatrón. En ese caso observaba como esta actividad se reflejaba en las matrículas de cumplimiento pascual y como a través de esta veíamos cuantos de mis parientes y sus vecinos estaban implicados en una de las principales actividades económicas de la zona. Hasta mediados del siglo pasado (el XX) todavía el transporte de mercancías por el Ebro era una realidad que vivió tiempos intensos hasta que tuvo que vérselas con el proceso industrializador. Desde Zaragoza a Tortosa hubo un tráfico continuo de almadías y laúdes que aprovechaban los meses de mayor cauce y se detenía en los meses de estíaje, cuando navegar era imposible hasta con aquellas embarcaciones de fondo plano.

Sástago es otro de esos pueblos de “marineros de agua dulce”, dicho esto sin el intento de desprestigio que suele llevar aparejada esta expresión. Al contrario, debía ser dura la tarea de aquellos barqueros que a la vuelta subían sus bajeles a tirones de sirga. Uno de ellos se llamaba Joaquín Guallar, tenía 30 años y se había casado en 1852 con Clementa Minguillón. Enseguida tuvieron un niño al que pusieron su mismo nombre. Y hasta aquí llegó la buena ventura de la pareja.

El 25 de enero de 1853 murió el niño. Posiblemente Clementa lo vivió ya con su marido lejos, en las barcas, llevando mercancías como peón de uno de esos barcos a las órdenes del patrón Francisco Abella, vecino de Zaragoza. La noche del 15 de febrero, cuando las barcas estaban ya un poco antes de Riba-Roja, “en el término de aquella villa llamado de Senales” empezó a llover. Los barqueros montaron las tiendas para resguardarse pero Joaquín cayó al agua. No pudieron hacer nada para salvarle: justo un año después de aquella feliz boda, Joaquín se ahogó en el Ebro”como consta por la declaración de los peones compañeros”

Podemos limitarnos a leer los fríos datos de un acta o podemos imaginar el chaparrón, los peones intentando instalar el campamento bajo la lluvia y las aguas revueltas de un rio que se traga a un joven peón de 30 años. Justo a las nueve de la noche en el pueblo de Riba-Roja, partido judicial de Gandesa. Imaginamos, aunque no se dice nada, el revuelo al caer Joaquín al agua e intentar rescatarle, el alboroto en el pueblo al conocer el suceso. Nos imaginamos que el cuerpo de Joaquín se quedó allí y que nunca volvió a Sástago (no se dice nada de si lo recuperaron). De las primeras diligencias hechas por la alcaldía, el secretario del ayuntamiento de Ribarroya extrajo una certificación que Clementa presentó en la parroquia de Sástago para que lo antes posible se anotase la muerte de su marido.

Y hasta aquí la triste historia de un peón de barco en el rio Ebro, una lluviosa noche de 1853. Las naves siguieron surcando el rio y volvieron traídas por marineros de río que tiraban de sirgas. Clementa, seguramente, haciendo uso de su viudedad demostrada por una anotación en los libros, volvería a casarse (no tuve tiempo de hacer mas indagaciones) y la vida y las generaciones continuaron. Llegó el tren, la Nacional Dos, las presas y los embalses. Y aunque hubo un nuevo renacer gracias al carbón de las minas de Mequinenza, al final se fueron los barcos y las sirgas y olvidamos esas formas de vida, tragadas por el voraz avance de la modernidad.

Y un dia alguien abrió un libro de defunciones y encontró un acta parroquial.

[Una fuente literaria imprescindible para conocer mejor aquel mundo de la navegación fluvial en el Ebro: la obra de Jesús Moncada]