El dia de San Juan de 1770 se acababa la conducción como maestro de niños de Domingo Larroy en Gallur. Tres años antes había sido aceptada su candidatura tras haber presentado un memorial que acreditaba que sabía leer y escribir, hacer cuentas y la doctrina católica. Tal vez le hicieron también una entrevista y un examen. Pero lo que le daría más “puntos” fueron sus conocimientos musicales. Podría poner la música a los oficios religiosos con el viejo órgano de la Iglesia de San Pedro.

Domingo estuvo muy a gusto esos tres años en Gallur y se sintió tan integrado que incluso fue padrino de uno de los hijos de su casero. El pueblo estaba contento con su tarea y llegaba el momento de renovar el contrato. ¿Que podia ir mal? ¿Podría presentarse un candidato mejor?.

El 24 de junio se reunió en el ayuntamiento el concejo general y se procedió a la despedida y al inicio de un nuevo proceso. Hasta el dia 15 de agosto podía aparecer un nuevo candidato mas listo, más simpático, que tocara el órgano como los ángeles y que tuviera más contactos entre los mandamases del pueblo. Casi dos meses de nervios. Si no había suerte, tendría que buscarse de nuevo la vida, como los cuatro años que pasó en Zaragoza antes de llegar allí.

Maestros, médicos, boticarios, albeitares y cirujanos sufrían cada tres años el mismo proceso. Cada tres años (por lo general) acababa el contrato que habían firmado y se reiniciaba el proceso: anuncios para dar a conocer que el municipio buscaba candidatos, la presentacion de memoriales, la votación. Desde 1746 estaba todo bastante regulado aunque todavía se producían muchos problemas que no se resolverían hasta 1800 con una nueva Instruccion sobre la “provision y despedida de los sirvientes públicos”. Y luego estaban los tejemanejes internos del ayuntamiento y las presiones de los vecinos con más poder. Alguien podía traer a un candidato mejor relacionado y pasarlo por delante del resto aunque no fuera tan bueno en su trabajo ni tuviera la mejor formación.

La vida de estos profesionales estaba bastante precarizada y no solo por la inestabilidad de su empleo, que muchas veces no dependía tanto de sus méritos como de estar “a bien” con sus contratadores. El sueldo solía ser exiguo y estar sujeto a las circunstancias. En el mejor de los casos el municipio les pagaba directamente con sus propios bienes o con las rentas que daba algun beneficio o capellanía, pero en otras dependían de que los vecinos pagaran la parte que les correspondía por recibir el sevicio. Unas veces porque se hacían los despistados o ponían mil excusas y otras eran las circunstancias económicas las que dificultaban ese pago. Domingo aun tenía suerte: del dinero de los entierros le llegaba una parte por interpretar la música fúnebre aunque cobraba por cada niño que iba a la escuela, así que tenía que esmerarse en hacer que quisieran ir y que sus padres los quisieran mandar, ya que en absoluto era obligatoria la asistencia y desde luego era bastante irregular.

Y en cuanto a la inestabilidad, valga la historia de mi sexta abuela Isabel Cugat, hija de albeitar que  nació en La Hoz de la Vieja hacia 1847. No sabemos de donde eran sus padres ni dónde nacieron sus hermanos. Isabel se casó no sabemos dónde con Vicente Lop, otro albeitar, nacido en Lagueruela y tuvieron a mi quinta abuela Francisca en Collados. Esta última al fin consiguió asentarse en Calanda. Seguir la pista de estas familias cuando no hay libros o estos no dan noticia de sus orígenes es una tarea ardua. Gracias a las matrículas de cumplimiento pascual del Archivo Diocesano de Zaragoza conozco el nombre de los padres de Isabel pero estos aparecen en ellas lo justo para darnos el dato y luego desaparecer camino a otra conducta. En estos casos, la naturaleza de nuestros antepasados se vuelve confusa, al contrario que esas ramas que durante siglos permanecen atados a la tierra de un mismo pueblo. Porque una cosa es el lugar donde naces (Hoz de la Vieja, Collados, Lagueruela o Selgua como Domingo) y otra el lugar donde te crías. Y mis antepasados albeitares se criaron por el camino, como esos hijos de diplomáticos que se consideran ciudadanos del mundo o los hijos de los feriantes y los artistas de circo, que van al colegio en una caravana. ¿A que lugar sentían Isabel y Francisca que pertenecían?. Quiza al final, rodeada de sus hijos calandinos, Francisca se declaró ciudadana de Calanda.

El dia 15 de agosto de 1770 se leyeron los memoriales en el ayuntamiento de Gallur. Luego se hizo la votación por habeo, que consistía en que cada vecino depositaba en una bolsa un haba blanca si estaba a favor o negra si estaba en contra. Domingo obtuvo mayoría de blancas.

Cuando lo supo, respiró aliviado,  pero había un problema: con 27 años y después de tres años allí, no había formado una familia. Era otro de los requisitos que se le exigían a un maestro de niños: dar ejemplo de vida cristiana a sus alumnos. Y casarse la condición para firmar de nuevo las capitulaciones con el ayuntamiento de Gallur.

Joseph Navascués le tiró de la manga y le guiñó un ojo. Domingo le entendió enseguida. La hija más pequeña de Joseph, huérfana de madre desde los seis y al cargo de unos tíos desde muy pequeña ya tenía diecisiete, edad suficiente para casarse. Domingo se encogió de hombros: la opción no estaba tan mal. Levantó la mano y prometió al concejo que en los próximos meses se casaría. El puesto era suyo de nuevo.

El día de San Miguel de 1770, se inició un nuevo curso. Domingo retomó las clases de leer, escribir, contar y doctrina cristiana e hizo sonar el viejo órgano de la Iglesia de San Pedro de Gallur mientras llegaba el nuevo que el maestro organero Silvestre Tomás iba a construir al año siguiente. No sabemos si tres años después volvió a ser renovado como maestro  de niños pero si que lo hizo ese año ya que en el expediente matrimonial con Antonia Navasqués que se hizo en noviembre consta que lo era. Y de los cinco hijos que tuvo solo uno aprendería a escribir pero, de un modo u otro, cumplió el sueño de muchos conducidos: echar raíces.

Sigue habiendo descendientes suyos en Gallur.

 

*Evidentemente, le he echado un poco de imaginación a este relato, pero en lo fundamental son hechos reales.