El 11 de noviembre de 1866, mi cuarta abuela Pabla Segura y Baselga moría a los cuarenta y nueve años. Segun su partida de defunción se encontraba en ese momento en la Torre de la Hacienda y a causa de encontrarse en despoblado no se la pudo atender como debía ni física ni espiritualmente. La causa de la muerte: una peritonitis aguda, que debió ser lo suficientemente fulminante como para que cuando llegó el párroco a dar los sacramentos, la finada ya estuviese con San Pedro.

La torre de la Hacienda fue mandada construir en el siglo XVIII por el ilustrado, comerciante y amigo de Goya Juan Martin de  Goicoechea y  es una más de las construcciones de este tipo que estan en peligro de desaparecer (ya lo han hecho unas cuantas) en el entorno de Zaragoza. Son los ultimos testigos de un mundo y un modo de vida que ya desaparecieron y que caracterizaron a la ciudad y su entorno.

Como otras ciudades del antiguo régimen, Zaragoza tenia un lado urbano y -llamémosle así- cosmopolita. Aquí se encontraban las clases dirigentes y administrativas, los artistas y gentes de todas partes que venían a labrarse el futuro. Zaragoza era el cruce de caminos donde los de un pueblo se casaban con los del otro para nunca más regresar o se pasaba un tiempo estudiando o trabajando en algun oficio para instalarse después en otro lugar. Por otro lado, el mundo rural estaba muy presente. Una buena parte de sus habitantes eran jornaleros del campo y labradores y los alrededores estaban salteados de propiedades agrícolas de cierto tamaño cuyo punto neurálgico era la torre. Y no pensemos en una torre típica alta, estrecha y con almenas sino en un caserón y sus edificios adyacentes dedidados a almacenes, corrales, cuadras y lo que hicera falta para la actividad economica de la propiedad. Eran la evolución cristianizada de aquellas villas romanas, que después habían pasado a ser almunias con los árabes.

Al frente de estas haciendas había un torrero que no tenía que ser necesariamente el dueño. Podía ser alguien que la hubiera arrendado o que estuviese contratado para hacerse cargo de ella. Los verdaderos dueños podían vivir tranquilamente en la capital o en otra torre de su propiedad y estos torreros tenían su propias dependencias donde vivían con sus familias. Cuando llegase la época, se instalarían también los trabajadores eventuales y jornaleros con lo que seguro la vida de la torre sería intensa y efervescente. Investigando a la población del barrio de la Cartuja Baja (diapositivas) he descubierto el mundo de esta gente cuya vida era la torre, asi en genérico, pues ahora te los puedes encontrar en una, ahora en otra.  Y como suele pasar con profesiones que implican cambiar de puesto cada cierto tiempo, a veces es complicado determinar unas raíces geográficas concretas para una familia.

Pero ya habían llegado el siglo XIX, las guerras, el progreso, la desamortizacion (muchas torrres pertenecían a conventos). Luego llegó la industrialización, la gente emigró masivamente a una ciudad cuyo campo y huerta de Zaragoza se transformaron en barrios y polígonos industriales.  Y poco a poco las torres han sido devoradas por una historia que avanza sin respeto al pasado. Y hoy sólo perviven en los extrarradios y barrios rurales, algunas a duras penas. Otras, con mas suerte, han sido transformadas para nuevos usos.

Para los de fuera: hay una avenida en Zaragoza que mantiene el nombre de Camino de las Torres. Adivinad por qué.

Puede que mis cuartos abuelos fueran torreros en ese momento. Pabla murió en noviembre, cuando seguramente ya no había trabajadores ni jornaleros por allí. La mala fortuna quiso que la enfermedad le pillara en despoblado, lo que para mí si que ha sido una suerte porque así he podido saber un poco más de ellos.