Mientras preparo mi próxima conferencia sobre la historia de los nombres y apellidos, me viene a la mente una noticia que creó cierta polémica hace ya casi tres años sobre unos padres que querían llamar a su hijo Lobo y los problemas que tuvieron para ello. A la funcionaria del registro aquello de llamar a un niño con el nombre de un bicho le pareció poco adecuado. Y además, algo que le iba a causar problemas en el cole.

A pesar de que perviven algunos nombres que se refieren directamente a un animal, como Leo/Leon, Paloma o Delfín, que otros son homoninos (Martin, Marta), que hay muchísimos que aunque no lo sepamos tiene ese significado (Arturo, Débora, Ursula), lo cierto es que la costumbre de elegir nombres mas allá de la sonoridad, la moda o la identificación con un famoso, hace tiempo que se ha perdido. Debemos saber que en su origen, cada sistema antroponímico suele partir de nombrar a la persona con una serie de cualidades que tiene o se espera que tenga, o con una idea de que algo o alguien ejerza un efecto protector. A veces, esas cualidades o ese protector era un animal, pero con el tiempo la significación directa suele olvidarse y al final solo queda la fachada, una palabra que suena bien y que es socialmente aceptada.

En la onomástica española hay muchos ejemplos, especialmente en la de origen vasconavarro que es la que nos lleva más lejos en el tiempo. También en la germánica. Los visigodos en principio recibían un nombre único y personal que se inventaban sus padres sobre la marcha con unas connotaciones concretas y lo de copiárselos de unos a otros vino después. En resumen: lo de los nombres de los nativos americanos no debería hacernos tanta gracia pues tambien está en nuestro ADN.

Volviendo al caso de Lobo, recuerdo que en esos días -mientras se resolvía la cosa a su favor o en su contra- pensaba que una manera de solucionar el asunto si los funcionarios se ponían muy tontos, podía ser inscribir al niño como Lope y luego, ya en su casa, llamarle como les diese la gana. Efectivamente, por si no lo sabías, Lobo es un nombre bastante mas español que muchos otros. En la edad media se ponía en su forma latinizada dando lugar al apellido López (uno de los más frecuentes actualmente). Lope de Vega podría haberse hecho llamar tranquilamente Lobo de Vega.

Aqui, algunos ejemplos de nombres que se usan o se han usado en Hispania con animal print.

OCHOA Lobo (Vasco)

VELASCO Cuervo (Vasco)

LOPE Lobo (Latino-romance)

GARCIA Oso (Vasco)

LEO León (Latin)

ADOLFO Lobo noble (Germánico)

BERNARDO Oso (Germánico)

AINARA: Gaviota (Vasco)

DÉBORA: Abeja (Hebreo)

LEANDRA: Valiente como un león (Latin)

OFELIA: Serpiente (Griego)

PALOMA: Paloma (Latin)

RAQUEL: Oveja del Señor (Hebreo)

ÚRSULA: Osa pequeña(Latin)

CORAL: Animal marino (Latin)

Finalmente, la historia acabó bien para ellos y pudieron poner a su hijo un nombre que de alguna manera forma parte del más antiguo acervo onomástico español. Tres años después, espero que Lobo Javierre empiece con buen pie en un cole donde el objetivo sea educar a los niños en el respeto mutuo y la diversidad y que tener un nombre distinto al de la mayoría no sea un problema. Y si alguno se ríe, allá él. A lo mejor tambien se reían los primeros que oyeron el nombre de Lucas, Hugo, Martin, Lucía, Sofia o María que son los nombres más puestos a los niños españoles en 2017 (y no, no existen “desde siempre”). Podemos debatir, burlarnos, alarmarnos y patalear todo lo que queramos, pero si hay algo poco estable en esta vida es la antroponimia y no sabemos dentro de diez años si la moda será llamar a nuestros hijos y nietos Lobo, Oso, Perro o Cacatúa.

Como dice Josep Maria Albaiges: “Dirán lo que quieran los registros civiles, pero la verdad es que un nombre, como la persona que representa, no necesita ningún tipo de legitimación pra ser reconocido como tal: basta con su mera existencia”.

¡Viva la diversidad antroponímica!