Hace tiempo que mi amigo Daniel Vélez me pide que escriba algo sobre matrículas. Se quedó fascinado cuando las descubrió y no me extraña, porque a mi me pasó lo mismo cuando me enteré de su existencia hará ya como unos diez años. Para algunos, una matrícula de cumplimiento pascual puede que no sea más que una lista de los creyentes de una parroquia, los que pasan a cumplimentar la obligación anual de confesarse y comulgar. Pero estamos hablando de siglo XVIII y principio del XIX, con lo que a cualquier genealogista se le hacen los ojos chiribitas. Sobre todo si en tu pueblo no hay libros.

Porque, además, en estos documentos la gente sale –salvo alguna rara excepción- agrupada por familias. Papá, mamá, los hijos e hijas, parientes, criados… Pueden decirnos también en que calle vivían, el parentesco con el cabeza de familia, en ocasiones sale el oficio, si tenemos mucha suerte hasta la edad. Y si las miramos bien y entendemos bien los signos habituales, veremos cómo nos dicen que se agrupaban esas familias, en una casa separada o compartiéndola con parientes o con extraños. Y si nuestro antepasado tenía una buena posición, veremos su casa colonizada por criados, pastores y unos cuantos parientes. Mentes viajeras e imaginativas como la mía ven escenas animadas y coloristas donde otros solo ven listas de nombres: ventajas de ser una friki.

Si tenemos una buena serie de matrículas podemos recontruir la historia de la familia e incluso reconstruir el árbol genealógico varias generaciones. Eso sí, con paciencia y método. Yo las llamo el “sudoku genealógico” porque cuando tienes un ascendencia con apellido típico de la localidad, hay que hacer muchas cuentas y esquemas para poner a cada uno en su sitio. Por otro lado, hay que saber que tienen muchas abreviaturas que a veces se nos escapan, no se recoge a toda la población (algunos porque no estaban obligados y otros porque se escabulleron o les pilló despistados), pueden contener errores, dependiendo de la pulcritud del párroco, o tener mas o menos información mejor o peor organizada, etc.

Los que nos movemos por la diocesis de Zaragoza somos bastante afortunados. Las matrículas tiene su origen nada menos que en el siglo XII a raiz del IV Concilio de Letrán, donde se estableció la obligacion de confesarse y comulgar anualmente durante la Pascua florida. El de matrículas fue uno de los Quinque Libri a partir de Trento aunque solía estar inserto dentro de alguno de los demás y su trabajosa elaboración fue seguramente la que hizo que se fuese abandonando. Pero en 1747 el arzobispo de Zaragoza Francisco Añoa y Busto puso las pilas a los párrocos: tenian que hacer dos, una para su archivo y otra para el arzobispado. Y así fue hasta los años 20 o 30 del siglo XIX, dependiendo de la parroquia.

Parece que con Internet, las Redes Sociales y todo este ir y venir de datos personales para ver quienes somos, que nos gusta y a quien votamos hemos inventado algo, pero la Iglesia Catolica también se adelantó con esto. En el siglo XVIII ya tenian fichado a todo el mundo y controlado si eran buenos cristianos o no. Sabían donde vivían, con quien, a que se dedicaban… Al principio, desde que empiezan a confesarse (5-7 años) Posteriormente se incluiría tambíen los párvulos.

En el Archivo Diocesano de Zaragoza se conservan bastante bien numerosas matrículas, de unos pueblos más y de otros menos, pero en todo caso muy útiles y un auténtico salvavidas en determinadas zonas de la provincia castigadas por la destrucción de archivos, sobre todo en la última escabechina civil. Tambien las podemos encontrar dentro de los propios libros parroquiales -o fuera, hace poco encontre una entre la documentación de los padrones de 1857- , a veces hasta bastante tiempo despues de que dejasen de ser obligatorias.

Si tienes ancestros en mi provincia y puedes pasarte por el Archivo Diocesano no pierdas la oportunidad. Estos documentos estan llenos de posibilidades y más de una vez me han sacado de un apuro o me han dado gratas sorpresas.

Un comentario sobre “El Big Data de nuestros ancestros

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