Empecé este blog a finales de mayo de 2018 y el segundo post coincidió con la apertura del Museo de momias de Quinto de Ebro, que estaba deseando ver. Sin embargo, hasta hoy no se han juntado los astros y he podido hacerlo. El resultado es que he salido encantada. ¿Eres genealogista?¿Vives cerca o tienes la posibilidad de ir? ¿El próximo verano vas a la playa pasando por esta localidad? Ajusta tu horario y pásate a verlo. Vas a flipar.

Lo que vas a ver son quince cuerpos momificados de hombres, mujeres y niños que fueron enterrados entre 1750 y 1832 (aunque hay uno que se sospecha que puede ser más antiguo), que se han conservado de manera extraordinaria gracias a que se dieron unas condiciones muy especificas en una zona concreta de la Iglesia y que conservan incluso ropas, ajuares y peinados. Ver a estas personas vistiendo las ropas con las que fueron enterradas hace 200 años o más te traslada en el tiempo, a ese  momento en el que fueron enterradas, ese que tantas veces hemos leído en los libros parroquiales y que aquí ha quedado congelado en el tiempo como una fotografía desvaída.

Salen a la luz detalles curiosos de las costumbres que tenía la gente en aquel momento, como y de que morían, las diferencias entre ricos y pobres, a que santos veneraban… y, lo mejor, quienes eran. Si, de algunos se ha podido averiguar su identidad y las circunstancias de su muerte y eso, ya lo comenté en el otro post, es algo  extraordinario. Los genealogistas nos pasamos muchas horas recopilando nombres y fechas. A veces podemos completarlas con algún hecho o dato interesante pero ¿quién no ha soñado con verles la cara a alguno de esos nombres?  Una foto, un cuadro, un viajecito en el tiempo… o una cuarta abuela momificada tampoco estaría mal.

Además el museo está muy bien organizado y presentado, con una introducción audiovisual, paneles y unas guías muy cercanas que lo explican a las mil maravillas. Y Quinto, como tiene que ser, no se conforma con donativos simbólicos: la entrada son 7 euros muy bien gastados. Aviso que volveré, porque tengo que llevar a gente y porque se me ha olvidado comprar el llavero de Van Gogh. El pintor no, claro, sino el franciscano de barba roya que viajó en el tiempo hasta nuestra época para enseñarnos la suya.