En otros tiempos, tener “controlado” el santoral era bastante común. Entre las cosas que la gente debía saber inevitablemente estaban los nombres y andanzas de todos esos personajes que habían dado ejemplo de vida cristiana y así como hoy quien más y quien menos se conoce las alineaciones futbolísticas, la nómina de actores ganadores de un Oscar, los rockeros que han muerto a los 27 o los participantes que han pasado por la casa de Gran Hermano, otras generaciones se sabían los santos, sus iconos pop del momento.

Mi madre (que nació el 12 de octubre y se llama Pilar, como su madre que nació el dia 10) es un ejemplo. No se cómo, pero es capaz de distinguir una santa de otra por los detalles de la indumentaria y recordar que tal onomástica se celebra no se que día. Como cambian los tiempos.

Los santos eran tan importantes en otras épocas que la gente incluso elegía el nombre de sus hijos de entre ellos o, al menos, era un criterio muy común. Había otros como el nombre de los padres, el de los padrinos, el del abuelo, el tio o el del hermanito fallecido el mes pasado… y luego está mi “teoría” particular segun la cual el cura daba dos opciones: el santo del día o José. Si el nombre del santo del día era muy feo le ponian José (o María). Y así es como los índices estan cargaditos de páginas de la letra J. 🙂

Esta costumbre de poner el santo del día surge como consecuencia del Concilio de Trento, ese hecho histórico y fundacional de tantas cosas. Entonces se decidió que un buen cristiano católico, apostólico y romano no ponía a sus hijos cualquier nombre que a saber que extranjero, pagano o personaje novelesco había llevado antes sino que le hacía portador de las virtudes que había representado algún héroe de la religión. En un primer momento los feligreses tenían poco donde elegir, al menos con una sonoridad aceptable. Luego ya se encargó el Vaticano de ir engrosando la lista con nuevos Santos que enriquecieran el acervo de cristianos ideales y así es como Teresa de Jesús se convertiría en la Shakira del XVII y Francisco Javier o Ignacio en los Leo y Cristiano del Antiguo Régimen.

Al final había casi un nombre para cada día, algo que se puede ver muy bien en las listas de bautismos de  expósitos. No se mataban a pensar quienes se encargaban de nombrar a los pobres angelitos. Cogían el calendario y bueno era lo que cayese, incluso nombres que nadie pondría más que si el nacimiento caía en su onomástica y otros que a ellos les sonarían rarísimos. Nadie se llamaba Jorge en el siglo XVIII a no ser que hubiera venido al mundo en torno al 23 de abril.

Por supuesto, tambien influían los gustos y manías personales, pero el santoral jugaba un papel importante que podía reflejarse en los nombres compuestos aun cuando el nombre principal fuera otro. Mi quinto abuelo paterno, nacido el 30 de agosto, se llamaba Juan, pero de segundo era Agustín, celebrado el 28 de agosto. Y a mi sexto abuelo Fuertes, Antonio, por nacer el 31 de Julio le añadieron Ignacio al nombre. Si nacías en Navidad tenías muchas papeletas de llamarte Nadal o Natividad, el 31 de diciembre era la fecha de los Silvestres y Silvestras. Y para los primeros dias del año tenias para elegir Melchor, Gaspar o Baltasar. (ante la duda, algunos se llamaban con los tres nombres). No habia conflictos con el género, sobre todo si había que cambiar del masculino al femenino: Miguelas, Petras, Domingas, Javieras eran tan válidas como Marias y Catalinas.

Y no olvidarse de las devociones locales. El nombre del santo venerado en la localidad es otra opcion que podremos encontrar con asiduidad. Es el caso de nombres tan pintorescos como Babil venerado sobre todo al oeste de Aragon y al este de Navarra y que encontré en partidas de la zona del Aranda

Por todo ello es muy práctico conocer el santoral, o al menos tenerlo a mano. Esta misma mañana he localizado rápidamente a una Constantina. Sabiendo la edad y el año que contrajo matrimonio, sólo he tenido que abrir el libro por el 11 de marzo y allí estaba. La pobre era expósita y no tenia madre, ni abuela, ni tia ni nadie que decidera que María Josefa era un mombre más bonito.