Una de las misiones que tenemos como cronistas familiares es transmitir el pasado al futuro haciéndoselo llegar al presente. O dicho en llano: conseguir que alguien nos haga caso y le interese lo que hemos descubierto.

Los genealogistas o, mejor dicho para mi, los cronistas familiares, como decía Della M. Cummings Wright somos los “contadores de historias de la tribu”. Pero hasta aquellos chamanes con sus pieles y sus plumas dominaban diversas técnicas para captar la atención del interlocutor y hacerle llegar su mensaje.

Una compañera de curso, Ascensión Martínez, está en la tarea de dominar esas técnicas. No lo ha hecho en su caso con la intención de difundir historias familares, pero ha escrito un realto en el que se ha convertido en una avezada Cronista Familiar y ha contado, usando contrastadas técnicas narrativas, una historia sobre sus bisabuelos. De esta manera, ha conseguido que todos nos interesemos por una historia familiar particular.

La creatividad es un elemento importante a la hora de decidir como queremos contar nuestras historias y la literatura un recurso muy utilizado. Si quieres que tus sobrinos escuchen lo que tengas que contarles esconde en un altillo ese libro gris lleno de genealogías y escríbeles una novela historica llena de pasión y aventuras.

El Retrato es un relato que podemos encontrar en la recopilacion “Palabras al viento” del Taller de Escritura Creativa de de la Universidad Popular de Zaragoza (curso 2017/18).

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El retrato

Mª Ascensión Martínez Huerta

Principios del siglo XX. El escenario es, la pequeña y acogedora casa de un reciente matrimonio en la España rural. No disponen de muchos enseres, son labradores humildes, pero Petra, la esposa, es tan escoscada que hace, que todo reluzca como los chorros del oro. Desde la placa de la chimenea hasta el aparador con fuentes, su orgullo, lustraba cada fuente hasta la saciedad.

Al lado del aparador, tenía reservado un hueco para poner un retrato del esposo y suyo. No habían tenido foto de bodas. Tenía la esperanza de que un día un retratista apareciera por el pueblo y se cumpliera su sueño.

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Hacía tiempo que no entraba en el cuarto de los padres muertos. Cuando fallecieron lo dejó todo listo, limpio y ordenado. Decidió entrar  con la intención de quitar un poco de polvo y quizá pasar un agua al suelo.

Al abrir la ventana, una intensa luz entró en la estancia e iluminó las fotografías, las de las nietas, actuales y hechas en diferentes etapas de sus vidas, por supuesto en color como era de esperar.

Las otras tres fotos en blanco y negro, cuelgan de la pared. Enfrente la de los padres en el día de su boda, cuyos gestos amables y felices, le invitan a esbozar una sonrisa.

La novia lleva un traje chaqueta negro. con un bonito tocado que realza su peinado. Se lo había hecho ella misma. En la pared contigua, cuelga el retrato de los abuelos. Siempre le había chocado, que el abuelo estuviera sentado y la novia de pie junto a él. Por supuesto también vestida de negro, aunque el largo del vestido es mayor, tal cómo se llevaba por aquel entonces.

Creo recordar, que alguien me dijo que, las novias se casaban de negro para aprovechar el traje. Eran tiempos difíciles y el dinero era escaso.

El tercer retrato colgado en la pared es el de los bisabuelos Teodoro y Petra.

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Poco llevaban de casados, cuando Teodoro todo alborozado, entró en la casa.

—Petra corre, corre, que he visto en la fonda unos retratistas. Ponte arregladica que nos vamos corriendo a retratar.

Petra se puso sus mejores galas, su florido pañuelo al cuello y sus pendientes de labrador. Lo mismo hizo el marido. Se puso su mejor camisa y la boina de los domingos.

Y cogidos del bracete y más contentos que unas castañuelas, bajaron la cuesta hacia la fonda.

Qué tremendo chasco. Se llevaron cuando el José el de la fonda, les dijo que no eran retratistas, sino agrimensores. Que llevan unos aparatos parecidos a los que hacen los retratos.

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No sabía cuanto tiempo llevaba ensimismada. Mientras limpiaba el polvo del marco de la foto, no pudo por más que reírse, imaginando la situación y la vuelta a casa. Pobre Teodoro el hombre se habría oído de todo, por su equivocación.

También pensó lo bien que hizo convenciendo a su madre, para que no le metieran al morir, en la caja las fotos de sus padres y abuelos. Pues éstas cobran un valor inmenso en la actualidad.

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Al mes siguiente de la fallida ocasión para inmortalizar sus vidas, y que sus descendientes tuvieran un recuerdo de sus ancestros. Cayó por la localidad un retratista. Esta vez de verdad.

Así pues el matrimonio bajo a la plaza y se hicieron el anhelado retrato. Eso si un primer plano, no de cuerpo entero. Desde donde se ven los preciosos pendientes de labradora y el bonito pañuelo de flores. Sus caras de satisfacción lo dicen todo. ¡Por fin!, habían conseguido llenar el hueco de la pared.